domingo, 19 de marzo de 2017

Autobiografía de Miguel Díaz López 1/2



AUTOBIOGRAFÍA DE MIGUEL DÍAZ LÓPEZ
Transcripción digital de un cuaderno manuscrito hallado en su taller en marzo de 2017, casi dos meses después de su fallecimiento por cáncer de pulmón.
Boy a sincerizarme lo más posible en escribir estas líneas, si bien recuerdo esta es la cuarta vez que cojo papel y bolígrafo para escribir todo o casi todo lo que a lo largo de veinticuatro años me ha sucedido, he dicho, y hecho, y pensado; a las conclusiones que he llegado, después de estudiar y leer varios libros tanto políticos, sociales, religiosos, y de ficción.
Nací a unos catorce kilómetros de un pequeño pueblo llamado Caudete, rico en productos agrícolas, y ganado obino; pero a la vez pobre, pues las tierras como el ganado, pertenecían, y pertenecen, en menos grado a unas cincuenta familias, las pudientes.
Toda la basta llanura de las puertas de Valencia, hasta los términos, de La Encina, y la ciudad de Villena, pertenecen a tres propietarios; un treinta por cien de las tierras cultivables, y más fértiles de la población; de las puertas de Murcia, hasta los términos de Yecla y el pie del oeste de Sierra Oliva pertenece a unas veinte familias, esto constitulle un cincuenta por cien de las tierras cultivables y el veinte por cien restante, que ocupa todos los viñedos, toda Sierra Oliva, y tres Cabezas, estaba y está repartido entre varios propietarios pequeños y medianos.
Mi abuelo, uno de los medianos propietarios de Sierra Oliva, vendió sus tierras, pues sus dos hijos varones fueron encarcelados después de la Guerra Civil, según mis padres y tíos me han contado, no vendió las tierras, porque faltasen brazos para trabajarlas pues estaban las yernas que heran cuatro, y desde que se casaron con sus hijos, todos trabajaron codo a codo y con armonía aquella finca llamada, El Graniyo, haciéndola cada vez más fértil y estensa. El motivo de que las venidera, fue que en el pueblo todos le conocían, como un acérrimo republicano, al igual que a sus hijos varones, como cerrados comunistas; he aquí el hecho, que al cavar la Guerra, el abuelo sin saber porque, tubo que pagar unos impuestos algo elevados en aquel tiempo, así como que donar a la fuerza cien cabezas de ganado obino, unas cincuenta fanegas de trigo, otras tantas de cebada, diez hectolitros de vino y seis de aceite. Así pues la hacienda del abuelo se vio empobrecida al másimo, mientras que otras se enriquecían; esta fue la rrazón de que el abuelo vendiera.
Mis padres así como dos de mis tíos pasaron de propietarios a medieros, en aquellas mismas tierras; y yo nací allí en aqueas tierras, en las que jugué y crecí hasta los cinco años sin más amigos que un perro, y una llegua vieja que por su edad no salía a labrar las tierras y pacía todos los días en un bosquecillo de chopos que esiste todavía frente a la casa y junto a la rrambla, que no es tal, sino un pequeño arroyuelo, que abastece una gran balsa, que hay cien metros abajo combirtiendo así cerca de una hectárea en tierra de regadío, y vergel del Granillo, que es así como llaman a aquel parage.
Tendría yo cinco o seis años cuando mis padres dejaron la haciendo y fueron a vivir al pueblo, por desacuerdo con los nuevos propietarios de la finca;
Aquí fue donde empecé a darme cuenta realmente de lo que sucedía a mi alrededor, vajo el ingenuo pensamiento de un niño, mis padres e llevaron a un colegio público para que aprendiera a leer y escribir, y hice mis primeras amistades, por las cuales me gané más de dos cachetes de mi abuela paterna pues vivíamos allí en su casa.
Mis amigos de infancia, son hijos de pequeños propietarios, que si bien sus padres no tenían que vender su mano de obra tampoco vivían muy olgueramente, y la amistad de sus hijos acia mí no les era muy grata que digamos, por los antecedentes de mi familia, de la que yo me siento y me he sentido siempre orgulloso; recuerdo que una vez, tendría yo siete años, mi padre fue llamado al cuartel de la Guardia Civil y retenido allí durante cuatro días, acusado, por el padre de uno de mis amigos, de haber llebado de comer y unas cajas de cartuchos de escopeta, a cuatro maquis, del pueblo que andaban por Sierra Oliva.
A estos cuatro señores ya no se les podía llamar maquis pues habían perdido toda perspectiva y contacto, con la línea del P.C.E. sino simples rebeldes, que uno moriría bajo el fuego de la Guardia Civil meses después y los tres restantes emigraron a Francia.
La segunda detención de mi padre le costó mucho dinero a la abuela, y también la vida, recuerdo que unos días después de conseguir su liberta, habiendo sobornado, al cabo comandante de la Guardia Civil, al juez, el alcalde, y secretario del ayuntamiento, cayó muy enferma, muriendo a los pocos días.
Después de lo sucedido, a mi padre le fue muy difícil encontrar trabajo en el pueblo. La razón de que tres de mis hermanas dejaran el colegio y se pusieran a trabajar en un taller de mimbre, y mi madre se biera obligada a labar la ropa de algunos señores, que decían compadecerse de nosotros.
Yo me puse a trabajar de pastor en la misma finca que perteneciera a mi abuelo. Después de la discursión de mi padre y tíos cono el propietario, habían unos nuevos medieros, que habían venido de Valencia. Cobraba yo cuatrocientas pesetas al mes, la comida y la ropa teniendo libre el último domingo del mes. Así fue como conocí al personage más preciado por la gente pobre del pueblo, un viejo maestro de la República sin plaza en la Dictadura, que después de haber pasado, nueve años en la cárcel se dedicaba, a andar por las casas de campo, a lomos de un pequeño jumenco, y enseñar, a leer escribir, y arimética a los pastores y muleros de las labores, a cambio recibía un plato caliente, y un techo donde dormir. A los pastores como yo nos estimaba más que a ninguna otra persona, pues nunca le faltaban tres o cuatro huevos, que anteriormente nosotros habíamos coguido del gallinero, o una buena jarra de leche de la mejor, que luego él la vendía por el pueblo para así sacar para sus pequeños vicios.
Este hombre jugó un gran papel en mi vida pues me enseñó muchas cosas y me fue durante cinco años abriendo los ojos, y sin odio hacia nadie, creo que fue él, el que me inculcó mis ideas de oy, me hablaba de Pasionaria, de campesinos, de Lucio Lovato, de Largo Caballero, y otras personalidades de la República y la Guerra. Me enseñó historia, y me contó muchos pasajes de su vida.
A la vez que mi admiración crecía hacia este hombre, él me enseñaba sin darme yo cuenta a ser cada vez más hombre y más consecuente con mis actos.
Los cinco años que anduve de pastor desde los ocho hasta los trece, desde el cincuenta y nueve, al sesenta y cuatro fueron los años más felices de mi vida, me gustaba correr tras las ovejas, saltar por el monte, cantar y silvar; me gustaba imitar al corderillo para oír la valada de la oveja nerviosa vuscando a su cría, que havía quedado en los corrales, imitaba al potrillo, para que me respondiera la yegua, a la perdiz y al jilguero, respetaba los nidos porque así me lo había enseñado mi maestro, pero perseguía a las perdigotes, y colocaba varitas de emvisque, cerca del nacimiento del arroyo, trepaba por la pared del rincón del higuerazo, para chupar la miel de la colmena salvaje que allí había, y comer los madroños, que por capricho de la naturaleza crecían en medio de la escarpada cingla, crecí, y jugué libre, me gustaba hacer cabrear a los perros, siempre fieles al ganado y a mí. Una vez, por culpa de estos juegos perdí una obeja, era por el mes de noviembre época de la paridera, y cuando el ganado sueña frío, que se dice, en esta época, hay que llevar mucho cuidado, pues las ovejas que van a parir siempre se quedan algo rezagadas, y si no las ves pierdes la obeja y la cría, y esto es lo que me sucedió a mí, cuando llegué a la casa y mi patrón contó el ganado y observó que faltaba una, después de darme una gran bronca y dos bofetadas, me mandó a buscarla con mala suerte para mí y mis dos perros pues los tres nos tuvimos que ir a dormir sin poder cenar, este echo me dolió mucho, y me dio mucha rabia el no poder defenderme, por ello me prometí a mí mismo no volver a perder ninguna otra obeja y cumplí la promesa en todo el tiempo que seguí siendo pastor después de este echo, no volví a perder ninguna obeja, pero sí algún que otro cordero recién nacido, que iba a parar al estómago del maestro o de mis hermanas, y cuando llegaba a la casa alegaba que la obeja había mal parido.



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