domingo, 19 de marzo de 2017

Autobiografía de Miguel Díaz López 2/2



AUTOBIOGRAFÍA DE MIGUEL DÍAZ LÓPEZ
Transcripción digital de un cuaderno manuscrito hallado en su taller en marzo de 2017, casi dos meses después de su fallecimiento por cáncer de pulmón.

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Durante este tiempo mi padre trabajó en los pueblos vecinos pero nunca en Caudete intentó tres veces hacerse un pasaporte para emigrar a Francia, pero le fue negado tantas veces como lo pidió. Tuvimos que avandonar la casa de la abuela, pues a mis tíos les hacía tanta falta como a nosotros el dinero y se vendió, nosotros nos marchamos a vivir de alquiler a una vieja casa, a las afueras del pueblo, que hoy está combertida en un tayer de reparaciones de automóvil.
Cumplía yo los trece años, y el mediero, del Granillo, se nejaba a pagarme seiscientas al mes por lo que mi madre me buscó empleo, como aprendiz de zapatero; con un remendón en el pueblo como mediación de una señora a la que le lababa la ropa. Y tuve que decir adiós a mi rebaño, y a mi libertad, aquellos cinco años, de pastor que hoy todavía recuerdo claramente, (…) en el verano, esponía todo mi cuerpo al sol, y completamente desnudo tumbado en la hierba, o sobre una roca totalmente lisa, mientras las obejas pacían tranquilamente, yo gozaba de las delicias del monte sintiéndome libre, muchas veces me dedicaba a descubrir escorpiones, y torturarles, cierta vez cuando andaba torturando a un escorpión me picó en la llema del dedo índice produciéndome un dolor rabioso y fuerte que me duró dos días, aun después de que luego, me hiciera un corte y me pusiera leche de higuera en la herida, recuerdo estos momentos y es como si los volviera a vivir, las veces que posteriormente he visitado esta finca, creo que si gritara el nombre de mis perros ellos vendrían corriendo a mi lado como entonces, algo imposible, pues ya están muertos, Zorro murió de viejo, y Marquesa, aplastada por un camión, al igual Zorro que Marquesa, eran dos perros preciosos, completamente blancos y de auténtica raza, pastor español, juguetones e inteligentes, como ellos solos, avispados para el ganado y sin ninguna pereza bastaba una sola señal mía, para que metieran en vereda a las doscientas cincuenta cabezas, se conocían ya todas mis acostumbradas rutas, pienso, ahora, que ellos solos hubieran sido capaces de llevar alganado, por aquellos montes.
Hay algo que también quiero contar y que viví en mi último año de pastor:
Loli, hija de Diego el mediero, del Granillo, una niña como yo, algunas mañanas me acompañaba con el ganado, y los dos jugábamos a ser mayores, y a perder nuestra niñez, sin perder la ingenuidad y la inocencia (…) fue algo precioso y como he dicho antes los mejores años de mi vida.
Recuerdo haber leído por entonces el cuento titulado, Corazón, que hoy lo están haciendo en televisión en dibujos animados, y bajo el título de, Marco. Este cuento o libro infantil, fue escrito por un niño italiano, y a su vez contiene cuatro cuentos, los cuales, contienen un gran sentimentalismo, y para mí contienen una gran belleza. Leí también otros cuentos, pero ninguno del valor de éste; mi maestro también me leyó más bien me recitaba poesías. Un duro al año, poeta anónimo, las jitanas, García Lorca y otros muchos de Alberti, y Miguel Hernández.
Empezé mi aprendizaje de zapatero, contento, y con ravia, pues no me gustaba este oficio que hoy amo, y que me ha servido para restaurar la economía de mi familia, pienso que entonces no me gustaba porque me sacó de mi ambiente, me arrancó de mi ganado y de mi mente; aprendía con gran facilidad el oficio a la vez que lo iba convirtiendo en un arte. Mi maestro zapatero me rregañaba, y me obligaba a estar atento a sus manos cuando realizaba algún trabajo, de rreparación, hasta pasar unos cuatro meses no me dejó coger la cuchilla, para cortar piel, la materia principal en el calzado; cumplía los catorce y ya tenía el oficio casi aprendido cuando marché por primera vez a Francia, como vendimiador. Trabajé duro durante dos meses cortando uvas a la vez que aprendía un poco de francés y las costumbres de la rejión de Car o departamento 74, en mis posteriores viajes a Francia conocí a gente exiliada y que añoraba España; pobre guente muchos de ellos han muerto sin poder volver a su patria chica.
En el 69 fue el último viage que hacía yo a Francia residiendo allí casi todo el año esta vez fue en la región del alto Rone, esta región francesa me gustó mucho más que las anteriores incluso mucho más que la de los Alpes; el alto Rone es algo así como un jardín viviente, atravesado por grandes canales que son sus arterias, en sus campos se encuentran todo tipo de árboles frutales y de jardín, las Masías, o Masi, que es así como se definen las casas de campo, están adornadas en todo su contorno con las más diversas, plantas y flores de jardín, se puede decir que en esta rejión el agricultor, se convierte en artesano. Los diez meses que estuve trabajando ayá, se despertó en mí, el alma de campesino, y aprendí ese arte de ingertar, árboles y otras plantas, aprendí que nunca se podía ingertar un peral de cerezo, pero sí de manzano. Esta región es llana por escelencia y desde lo alto de las pocas cimas que en ella se encuentran, puede uno recrear la vista, y jozar, viendo aquella sábana verde de árboles y ortalizas, surcadas por caminos plateados, que son los canales.
A finales de Octubre de este año me vine de nuevo para España, y al pasar por Barcelona me quedé ayí, casi un mes en casa de mis tíos, mi intención era de emplearme en una fábrica testir, y ya echar raíces ayí pero no tuve suerte, y poco antes del mes, marchaba para Caudete mi pueblo natal, con gran alegría para mis padres, que me creían aún en Francia, sí fue grande la alegría de mi familia cuando les (entregué) sesenta mil pesetas que había conseguido ahorrar durante los meses de trabajo en Francia.
El oficio de zapatero ya lo tenía aprendido, y trabajar como rremendón en Caudete, dejaba mucho que desear, así que tomé la decisión de marchar a Elda-Petrel, para combertirme en un obrero de la industria del calzado, esto sucedió en enero del 70. Encontré trabajo a los pocos días como cortador en Gómez Rivas, donde conocí a, Fernando, que trabajaba de contable, este hombre fue el que me dio la entrada en el Partido Comunista, a los pocos meses de conocernos, lo que hizo que Fernando se fijara en mí y entablara amistad conmigo, fue que me pagaron 900 pesetas, y protesté por aquel sueldo ridículo después de 50 horas de trabajo. El haber hecho aquella reclamación supuso que tomaran en cuenta mis conocimientos profesionales.
Y no hay nada más: el resto del cuaderno está en blanco.
Se han omitido algunas frases que podrían atentar contra la intimidad del escribiente.
Transcrito a Word por Miguel Díaz Romero en marzo de 2017.
Sabiendo que afirma tener veinticuatro años en el momento de escribirlo, el texto fue escrito hacia 1977. Antes pasó más de dos años encarcelado en Murcia por actividades subversivas contra el Régimen y pertenencia al Partido Comunista de España en la clandestinidad.


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